Importancia del control de emociones en nuestra vida diaria y en la toma de decisiones

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A modo de introducción y para ir entendiendo la importancia de las emociones, haré una breve referencia a la creación del vínculo en los seres humanos.

Según la teoría del apego de John Bowlby, desde la concepción de la vida en el seno materno, empezamos a crear el vínculo afectivo que será la base para el establecimiento de los cimientos de nuestra identidad. Estando en el vientre, tenemos todas nuestras necesidades satisfechas, comida, calor, refugio, seguridad… sin tener que pedir a “otro” que las satisfaga, y  experimentando así en todo momento una sensación de placer: demanda y satisfacción de la necesidad van unidas. El bebé también experimenta el poder, es decir, “no necesito demandar porque recibo sin pedir”. Esta experiencia le convierte en un pequeño egoísta, ya que le viene todo dado, aunque después comprobará que no es real.

En el momento del nacimiento, en condiciones saludables, esta sensación va cambiando. El bebé ya no siente que es uno, empieza a experimentar que hay “otro”, pero sigue sintiendo el placer de ser lo más importante. Llora, lo calman, tiene hambre, le dan de comer, está incómodo, lo atienden… Pero esta unión inicial, poco a  poco se va a ir distanciando y debe ser así. A medida que crece, la madre va cada vez espaciando más el momento de la demanda y la respuesta de la satisfacción de ésta. De este modo, el bebé tiene que ir aprendiendo que ahora hay otra persona, que le atiende, pero que también “el otro” tiene sus necesidades y necesita su tiempo. Y empieza a experimentar la espera a la respuesta a su necesidad.

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En la medida en que va creciendo, la madre tendrá que ir abriendo más y más este proceso para dar cabida al desarrollo y experimentación de las emociones a su bebé.

A raíz de este vínculo afectivo inicial (madre-bebé) y a lo largo del proceso de crecimiento, la separación entre la necesidad y la satisfacción de esa necesidad que hasta ahora es lo único que experimentaba el bebé, se distancia cada vez más por el tiempo de respuesta. Ahí es donde damos cabida al aprendizaje de las habilidades para el reconocimiento y control de las emociones que vamos aprendiendo desde nuestro nacimiento y que nos ayudan a regular el placer y el displacer y a darle una perspectiva real.

Aprendemos poco a poco, con más o menos éxito, que no siempre encontramos respuestas a nuestras demandas y necesidades y que no recibimos la satisfacción de las mismas al instante, si no cuando somos capaces de resolverlas nosotros mismos o cuando recibimos ayuda de otra persona, o cambian las circunstancias…

Las emociones juegan un papel importante en nuestro auto conocimiento: reconocer las emociones que sentimos  y saber cómo  influyen en nosotros y en los demás según el modo en que las manifestamos.

A partir de las emociones que sentimos, es cómo desarrollamos y condicionamos nuestra toma de decisiones.  Las emociones se producen ante cualquier estímulo que percibimos en nuestro cuerpo a través de nuestros sentidos. Una sensación placentera o displacentera, revela en nuestra expresión facial y a través del lenguaje corporal lo que queremos decir, aunque con palabras digamos lo contrario. 

Aprender a conocer y manejar nuestras emociones nos ayuda a tener una mejor salud, poder realizar mejor nuestras actividades, nos ayuda a relacionarnos mejor con nosotros mismos y con los demás y sobre todo a tomar mejores decisiones. 

Ya hemos visto el modo en que empezamos nuestro aprendizaje del manejo de las emociones desde nuestra infancia: como nos enseñaron nuestros  padres a expresar nuestras emociones,  como las expresaban ellos, en la escuela, con nuestros compañeros y amigos en fin todas las vivencias que hemos tenido en nuestra vida hasta en la edad adulta.

Todo ello se acumula en nuestra memoria y también esto puede influir en nosotros y la manera como vivimos y como decidimos los caminos a seguir de nuestra vida. Las situaciones vividas están asociadas a emociones que en su momento sentimos; si las revivimos evocan esas emociones que experimentamos inicialmente. Las decisiones que tomamos, generalmente, están influenciadas en un 80% por nuestras emociones y en un 20% por el razonamiento si no aprendemos a gestionar nuestras habilidades emocionales (nuestra inteligencia emocional).  

Todos los días tomamos decisiones, a cerca de las diferentes situaciones que se nos presentan y hay que elegir qué hacer, desde las cosas más insignificantes, como que me pongo hoy, hasta las más difíciles como si estudio esta licenciatura o me pongo a trabajar. ¿Cómo tomamos estas decisiones? Si estamos tristes resolveremos diferente de si estamos disgustados, ansiosos, eufóricos…  En ocasiones no es de extrañar que tomemos una decisión “visceral” y no racional, eligiendo lo primero que se nos plantea.

A veces actuamos impulsivamente actuando  por los estímulos externos, o a veces el miedo nos hace ser indecisos y nos paraliza. Es por ello que es importante la inteligencia emocional para poder tomar el control y la gestión de nuestras emociones, para que llegado el momento seamos capaces de tomar una decisión y poder hacer una reflexión cuidadosa, que nos lleve a una solución acertada. Esto se puede ir aprendiendo a la par que creamos un hábito y cada vez nos resulta menos difícil decidir con serenidad.

13/09/13. Ana Mª Prats. Coach de Familia. Especialista en Adopciones www.ser-familia.net Tel. 615266152

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